Señor, líbranos del toro manso. Una fábula sobre la política en el mundo contemporáneo

Un poco de Maquiavelo

Si algo queda patente tras la lectura de “El Príncipe” de Nicolás Maquiavelo es que la política y la ética, dos dimensiones fundamentales de la actividad humana en el plano de lo colectivo, no son compatibles en el ejercicio del poder. Maquiavelo se inspiró en sus experiencias como diplomático y mediador político para escribir su famoso libro, a partir de entonces manual de cabecera de todo buen gobernante que se precie – Napoleón poseía un ejemplar anotado que lo acompañó en cada una de sus históricas campañas. Fue durante el desempeño de esas labores cuando conoció al Duque César Borgia, hijo del célebre y polémico Papa Alejandro VI, quien le sirvió de modelo para la recreación de su príncipe ideal. Fue él quien, mediante sus actos, convenció al escritor florentino de las capacidades del ser humano para imponerse ante las adversidades de la fortuna.

nicolás maquiavelo

Sin duda, nadie como el ex vicepresidente de los Estados Unidos Dick Cheney estaría más de acuerdo con esto. Dick Cheney, Richard Bruce Cheney según su partida de nacimiento, ha sido retratado no hace mucho en el film de Adam Mckay, “El vicio del poder”, cuyo título original, “Vice”, es tanto el diminutivo de vicepresidente como vicio en su traducción a nuestro idioma. Queda claro desde el inicio que al combinar ambas acepciones, el propósito de este largometraje no es ensalzar las virtudes de este individuo como mandatario.

Cheney el descarraido. Cheney el político

En su libro, Maquiavelo destaca la virtú como condición indispensable de todo buen gobernante. Si tomamos en consideración el relato de Mckay, el joven Richard Bruce Cheney, Dick para sus seres queridos, no daba signos de poseerla. Pues no hay nada menos virtuoso que dedicar el tiempo de uno al ocio desmedido, la desidia, las peleas o las borracheras constantes, algo que parecía constituir la rutina adolescente de este joven de Lincoln, Nebraska. Y, posiblemente, el bueno de Cheney no hubiese sido más que otro anónimo perdedor si su adorable prometida no le hubiese puesto los puntos sobre las íes en una reprimenda de padre y muy señor mío, que fue lo suficientemente convincente y motivadora para que el descarriado Cheney tomase la firma decisión de enmendarse y coger de una vez por todas las riendas de su desorientada vida. Esa es la génesis de la vocación del político que más adelante dirigiría la vida de millones de norteamericanos.

Como introducción resulta bastante jugosa. Luego vendrían sus modestos inicios en el mundo de la política, que gracias a eso que se conoce como el sueño americano, derivaría en una trayectoria, si no brillante, al menos muy provechosa. Y es que Cheney demostró unas cualidades atípicas que habrían dejado boquiabierto al mismísimo Maquiavelo.

Un lobo con piel de cordero

Cheney comenzó desde los más bajo, como becario del congresista William A. Steiger, y gracias a su natural discreción, terminaría ganando años después un puesto en los gobiernos republicanos de Nixon y Ford, gracias al apadrinamiento del por entonces Jefe de Gabinete de la Casa Blanca, Donald Rumsfeld, a quien el film retrata como un político con cierto carisma, simpático y campechano según los estándares de la época. Hasta aquí podría decirse que Cheney, el chico de los recados, había logrado más de lo que cualquiera que lo hubiese conocido en su dislocada juventud habría imaginado. Pero Cheney, alentado y apoyado en todo momento por su amantísima esposa, ambicionaba mucho más, y en su celosa intimidad afilaba con paciencia y esmero sus garras de depredador falto de escrúpulos.

el vicio del poder

Y hasta aquí pienso contaros. Quien desee saber algo más sobre este enigmático personaje que consiguió convertirse en el vicepresidente más poderoso de los Estados Unidos y en figura fundamental para comprender el mundo post 11S, tendrá que ver el film de Mckay, quien aporta a su originalísima visión su experiencia en el terreno de la comedia, en la que ya había transitado con buena fortuna, pero que en “El vicio del poder” alcanza cotas de parodia, aportando a este tipo de películas, por lo general marcadas por el estigma de una anquilosante seriedad, un enfoque fresco, diferente y sumamente atractivo. Otro aliciente son sus interpretaciones y la convincente caracterización de Christian Bale encarnando al protagonista de la cinta. Tampoco tiene desperdicio el retrato que se hace del ex presidente George W. Bush, porque Mckay no deja títere con cabeza en esta película que pese a ello, posee un trasfondo documental sólido y convincente.

Algunos podréis pensar que Dick Cheney había caído en la boca del lobo y que a fin de cuentas el poder corrompe. La verdad es que Cheney tampoco pareció resistirse demasiado a ello, para terminar por convertirse en un político que se hizo desde la nada y al que una vez alcanzó el poder ya no le importó nada.

No sé si Cheney llegó a leer en algún momento el dichoso librito de Maquiavelo, pero de lo que no cabe duda es que supo llevar a la práctica una de las máximas que todo gobernante que se precie ha de tener en cuenta:

“Un príncipe no debe tener otro objetivo ni otra preocupación, ni debe considerar como suya otra misión que la de la guerra, su organización y su disciplina.”

El espectáculo está servido.

Por Fidel Martínez

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