Elogio de Pablo Iglesias

Habría sido más fácil escribir esto hace un año, con Pablo Iglesias surfeando la cresta de la ola y Podemos el primero en las encuestas. Pero es mucho más interesante escribirlo ahora. Sí, todos sabemos que Podemos ya no lidera las encuestas y que Pablo no comunica igual que antes, que perdió los papeles en un par de entrevistas, que encaja fatal las críticas, sobre todo cuando vienen de los amigos. Vulnerable, reiterativo, con gestos de cansancio, egocéntrico, huraño por momentos. Y sin embargo, ese Pablo Iglesias mediocre es mejor que ningún Pablo Iglesias.

El periodista Jesús Cintora, en su libro La hora de la verdad, habla de su amistad con Pablo y de cómo éste lamenta el cambio radical que ha dado su vida, la pérdida de tranquilidad y anonimato desde que se convirtió en una estrella de la televisión y de la política. Leerlo me hizo sentir empatía por él. Me hizo preguntarme si yo sería capaz de estar en su pellejo, si sabría soportar la enorme presión y las críticas internas y externas, a veces durísimas, injustas, insolidarias con quien pone la cara para que se la partan.

Lo diré de otra manera: a día de hoy parece claro que hay personalidades políticas con mayor capacidad de liderazgo que Pablo Iglesias, que provocan mayores simpatías, mayor adhesión a un proyecto de cambio como nunca antes se había intuido en nuestra historia reciente. Manuela Carmena y Ada Colau, por supuesto, todos estamos pensando en ellas: ambas poseen una serenidad que Pablo no tiene, y son mucho menos agresivas que él. Incluso Alberto Garzón tiene un aire conciliador  que le hace más cercano, más amable. El problema es que, sin Pablo Iglesias, ni Ada ni Manuela serían alcaldesas, Garzón no pasaría de aspirar a lo de siempre, nada de este debate estaría sobre la mesa, no habría proyecto de cambio, ni intento de asaltar el cielo, ni tic-tac, ni nada.

Cómo no va a perder los papeles si todos los cañones le apuntan a él, si es tan débil como cualquiera de nosotros, con similares defectos, dudas e inseguridades. A Cintora le dijo, citando a Lenin: “Quien tenga miedo a los lobos, que no se interne en el bosque”. Pablo ha venido a pelear, y por el camino se dejará la piel, y en ocasiones también la sensatez y la prudencia; y será imposible que pueda tenernos contentos a todos todo el tiempo, especialmente a la izquierda tan exigente, tan exquisita.

El caso es que yo no estaría escribiendo esto sin Pablo Iglesias, ni habría recuperado la ilusión por la política como tanta gente a mi alrededor. Por decirlo todo: es muy posible que este blog no existiera sin él, y tú que estás leyendo esto seguirías despotricando contra la casta sin llamarla casta, y sin una opción política que sí te represente y de la que, quizá, incluso formas parte. Ya no es una cuestión de empatía, sino de reciprocidad: ahora que se ha internado en el bosque, Pablo Iglesias no merece que le dejemos solo.

Editorial: Agustín L de la Cruz

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