Un país en común

Por Agustín L de la Cruz

Hay una noticia reciente que ha pasado desapercibida en los medios de ámbito estatal: la asamblea fundacional de un nuevo partido político, Un País en Comú, celebrada en Barcelona el 8 de abril. Liderado por Ada Colau y Xavier Domènech, supone la consolidación del espacio político que gobierna la segunda ciudad de España y que resultó ser la fuerza más votada en Cataluña tanto en las elecciones generales de diciembre de 2015 como en las de junio de 2016. Y es también una formación política singular en cuanto a su posicionamiento respecto al nacionalismo: abogan por la creación de una república catalana integrada en el Estado español, referéndum mediante. Supongo que el apagón informativo se debe en buena medida a que no interesa conceder mucho vuelo a esa propuesta de tercera vía, que probablemente sea la única manera de evitar el choque de trenes entre nacionalistas catalanes y nacionalistas españoles.

De tanto como se escribe y se opina sobre Cataluña a nivel político echo en falta un análisis sociocultural. Hay una cita muy celebrada de Pío Baroja, aunque suele obviarse la primera parte, que dice: “El carlismo se cura leyendo y el nacionalismo, viajando”. Aconsejaría a los nacionalistas españoles, que sospecho que en número sobrepasan a los nacionalistas catalanes, que se den una vuelta por la cultura catalana y por la Barcelona de Gaudí, que lean a poetas como Miquel Martí i Pol o Joan Salvat-Papasseit, que recuerden que Raimon llenaba la madrileña Ciudad Universitaria con sus canciones antifranquistas, que vean el cine de Isabel Coixet o la programación cultural de TV3, que busquen en sus estanterías ese disco o esa cinta de casete de Joan Manuel Serrat con la que ha crecido la mayoría de las familias españolas. A los nacionalistas catalanes, a los que supongo viajados, les diría que yo también me quiero independizar de esta España neofranquista que huele a cerrado y sacristía, a Gurtel y Ley Mordaza; pero que no me vale su dependencia de la corrupción pujolista, de los recortes y del tres per cent; y que de poco sirve una república si no garantiza los derechos sociales y la solidaridad entre los pueblos.

Es indudable que el cambio social llega antes a las grandes ciudades: tal vez eso explique la paradoja de que sigamos soportando a un Gobierno ultraconservador y repleto de corrupción y a una Casa Real en franco entredicho, mientras las alcaldías de las capitales de España y Cataluña están ocupadas por una jueza de origen comunista y por una activista antidesahucios, respectivamente.

Con el permiso de otros actores políticos que sin duda tendrán mucho que decir (como PSOE y ERC, sin ir más lejos), no me parece tan descabellado pensar que a medio plazo la solución al “problema catalán” (y a muchos otros) pase por una república plurinacional de España. Acaso me esté dejando llevar por un exacerbado espíritu republicano en estas fechas próximas al 14 de abril, pero al mismo tiempo tengo la impresión de que nunca antes habíamos celebrado el aniversario de la proclamación de la Segunda República pensando en la posibilidad real de una Tercera. Si llega, la celebraremos con el saludo del presidente de la Generalitat, Josep Tarradellas, a su regreso del exilio en 1977: “Ja soc aquí”.

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